En la Ciudad del Apóstol

Ayer, 16 de agosto, luego de caminar 20 kms. bajo una lluvia contínua, he llegado a Santiago de Compostela. Han sido 33 días y más de 700 kilómetros de camino, multitud de amigos de diferentes países, infinidad de anécdotas y, sobre todo, mucha emoción. Llegar a Santiago es muy emocionante, y significa muchas cosas. Es una meta, si, pero también es un final y un comienzo. El camino nos cambia, lo queramos o no, y este re-comienzo de la vida luego de una experiencia de tal intensidad es confuso. Hemos llorado de emoción desde casi una hora antes de llegar, y entrar en la plaza do obradoiro es una de las cosas fuertes que experimentamos todos los peregrinos. Si de llorar se trata, eso no se limita a la llegada. Hoy en la misa, mientras se balanceaba sobre nosotros el botafumeiro podían verse lágrimas entre los flashes de las cámaras. Y aún me queda hacer la larga cola para bajar a la cripta y abrazar la estatua del santo.
Algunos nos quedamos unos días en la ciudad, que es hermosísima y cargada de historia, para hacer turismo, otros continúan a Finisterre, para ver el mar, otros vuelven directamente a sus casas. Ahora toca volver a la vida cotidiana, que en mi caso es reinventarme un estilo de vida nuevo. Los veré pronto. Aún no sé que voy a hacer mañana. Tengo la sensación de que me estoy despertando. Necesito unos mates y pensar. Besos a todos.




